Continuando con el hilo de lo sucedido al eurodiputado Ignasi Guardans, no es de extrañar que este señor se haya convertido en el líder de la lucha contra los controles absurdos y abusivos. Y como muestra y testimonio de ello, vean este post publicado por él mismo en publico.es:

 

Vamos a imaginar a un guardia municipal que tuviera la costumbre de ir repartiendo pequeñas collejas a quienes se cruza en el metro o por la calle. Imaginemos a un guardia civil que, tras parar a un coche en carretera para hacer un control de alcoholemia, ordenara al conductor dar unos saltitos sobre la pierna derecha para así comprobar si está o no está sobrio. O pensemos en un policía uniformado que al pasar ante un banco ordene a la pareja que lo ocupa que se levante y durante un rato impida su uso porque es martes y así le apetece. No hace falta ser un experto en Derecho para entender que cada una de esas situaciones constituye una actuación arbitraria, abusiva, que nadie está obligado a soportar por mucho uniforme que lleve su autor. Ciertamente, no se trata de torturas, de humillaciones terribles de las que dejan secuelas. Pero un ciudadano de un estado de derecho no tiene por qué aguantar ni una sola de esas actitudes, y es probable que acabe denunciándolas, incluso ante una sola vez.

Cambiemos ahora el escenario, y pensemos en la lucha antiterrorista a través de medios tecnológicos tales como la videovigilancia en espacios públicos o las escuchas telefónicas. En uno y otro caso todos aceptamos su conveniencia por razones de seguridad, y su utilidad ha quedado bien acreditada en la historia reciente de nuestro país. Pero sabemos bien que estos medios, ciertamente invasivos de nuestra intimidad, o las grabaciones que de ellos resultan sólo pueden ponerse en práctica en el marco de reglas muy estrictas, cuya violación sería duramente sancionada para el funcionario que las incumpliera. Y ningún juez aceptaría la excusa de que así se nos protege mejor. Es más, para que funcione ese equilibrio entre seguridad necesaria y la garantía de un espacio de libertad, es indispensable que los ciudadanos sepan quién, cuándo y cómo puede verle en un circuito cerrado de televisión o pincharle el teléfono.

Por razones absolutamente incomprensibles, en los aeropuertos europeos, y en los españoles de forma muy particular, ni existe límite alguno a la arbitrariedad ni al pequeño pero insoportable abuso, ni se conoce el marco legal que debería encuadrar y limitar las medidas de seguridad que se nos aplican. Y los ciudadanos, con una especie de cristiana resignación, lo aceptan prácticamente todo con tal de no perder el avión. Como si en cuanto nos acercamos a la zona de control ya no rigiera el estado de derecho, sólo el imperio de las órdenes de unos agentes uniformados sin otro fundamento ni otra base que su propia autoridad.

Esa situación es absurda, y frente a ella hay que decir basta. Las reglas de seguridad en los aeropuertos son las que son, y no otras, y no incluyen la arrogancia, la altanería o el desprecio al viajero. Ni la pura arbitrariedad.

El problema es que, a diferencia de los ejemplos del teléfono o la cámara de vídeo, perfectamente regulados, lo que estos vigilantes aplican en Barajas o en el aeropuerto de Málaga es una normativa declarada secreta, aprobada en el marco de la Unión Europea con el consentimiento mayoritario de representantes técnicos de los Estados miembros. Una mañana de septiembre de 2006, un anónimo funcionario de Fomento reunido en Bruselas con otros colegas sin luz ni taquígrafos comprometió al Gobierno de España. Y cinco días más tarde la Comisión convertía sin debate esa “propuesta de los Estados” en el Reglamento 1546/2006, en cuyo Anexo secreto se contienen las prohibiciones y controles que se nos imponen para poder embarcar, y sus teóricas excepciones. Excepciones de casi imposible aplicación, porque nadie sabe ni cómo ni cuándo las puede hacer valer ante el vigilante de turno. Como si la DGT declarara secreto el Código de Circulación y lo sustituyera por una circular a los agentes que patrullan las carreteras, completada por una buena campaña de información a base de pósteres y folletos. ¿Dónde quedarían las garantías en semejante situación?

Eso sí, el francés Jacques Barrot, el Comisario que está realmente detrás de esta kafkiana situación, ha informado oficialmente varias veces a la Eurocámara y a este Diputado que los estados miembros (léase, Doña Magdalena Álvarez) han dado su plena aprobación a la norma, y tienen la responsabilidad exclusiva de su aplicación. Y en parte tiene razón. Si las cosas están como están es porque el Ministerio del Interior, junto con el de Fomento, han hecho aquí una seria dejación de sus funciones. Como responsables de la seguridad y –en particular– de la Guardia Civil, así como de la supervisión y sanción en materia de seguridad privada; como responsables de AENA, a ellos corresponde asumir la plena responsabilidad política por el contenido de esta norma y por su aplicación cotidiana a millones de personas. No cabe esconderse en la Unión Europea. Si esa norma y esos procedimientos, estériles en buena medida y basados en la pura apariencia de seguridad están ahí, es también responsabilidad de este Gobierno. Si la aplicación de su contenido secreto se presta a abusos y actuaciones arbitrarias y contradictorias es porque quienes responden de su aplicación no están cumpliendo su deber.

Y así, mientras en Bruselas se nos responde que la responsabilidad es de los Estados, y en España nadie asume la norma como propia ni los errores de su puesta en práctica, hemos convertido los aeropuertos en un territorio en estado de excepción. Sin límite a la autoridad, sin derechos ciudadanos. Puro ejercicio del poder. Para que todos nos sintamos más seguros.

Ignasi Guardans es Diputado de CiU al Parlamento Europeo

 

 

 

¿Seguridad?

¿Seguridad?

   Tal vez, ahora que un eurodiputado (que ha sido también víctima) ha alzado su voz, quizás ahora, otras personas que también han sufrido agravios y que no poseen tanta influencia, es decir, los ciudadanos de a pie como usted y yo, sean tenidos en cuenta y no sólo tachados de insurrectos, rebeldes y/o revolucionarios o peor aún, considerados culpables sin haber cometido antes delito alguno y por el simple hecho de tener la necesidad de ser usuario de una aerolínea que opera en territorio español.

Siguiendo el argumento de  nuestro último post, les invito a unas carcajadas.  No está en castellano, es decir en español, pero es muy visual y todo se entiende perfectamente:

   Estimados amigos, después de un algún tiempo sin escribir –por lo que pido disculpas–,  hoy tengo el placer de volver a compartir con ustedes algunas de nuestras inquietudes, es decir, las nuestras propias (las de quienes hacemos el blog) y las que ustedes nos hacen llegar a través del correo electrónico.

Todos, por desgracia, hemos sufrido algún percance desagradable en un aeropuerto o, en el mejor de los casos, algún allegado nos ha relatado su mala experiencia. Por tanto, aprovecharé la ocasión para hacer eco de un artículo publicado en el periódico.com y que hace alusión a los abusos a los que los ciudadanos necesitados de viajar en avión somos sometidos en los aeropuertos españoles. Sin embargo,  que un eurodiputado sea el protagonista, por no decir víctima, de una de esas vejatorias situaciones no deja de llamar poderosamente la atención.

    Hago copy and paste del artículo publicado bajo el  título ˝Un eurodiputado denuncia a dos agentes de El Prat por descalzarle” y que nos relata el trato sufrido por el señor Ignasi Guardans. Eso sí, aclarar que me decido a escribir este post motivado, principalmente, por la gran cantidad de mensajes que muchos de ustedes han enviado al mail de Bitácora-Calcines para narrar los distintos agravios sufridos en los aeropuertos, entre ellos el comentado en el presente artículo. Cantidad elevada de quejas que inevitablemente obliga a pensar en el por qué de tantas denuncias y reclamaciones a los servicios de seguridad privada y/o pública de los aeropuertos… ¿será qué estamos en época de vacaciones  y por ello la gente viaja más o será que el ciudadano está cada vez más harto?

Y ahora qué ¿hago el baile de la botella o el del cucu?

Y ahora qué ¿hago el pino o el baile de la botella?

Tenía que ocurrirle algún día. El eurodiputado Ignasi Guardans (CiU), adalid de la lucha contra “las arbitrarias” medidas de seguridad de los aeropuertos, topó en el El Prat con guardias que a su juicio llevaban a cabo una aplicación abusiva de la normativa y se produjo el inevitable enfrentamiento. El resultado es una denuncia presentada por Guardans en comisaría contra un vigilante de seguridad y contra un guardia civil que le obligaron a descalzarse sin respaldo legal para ello y que lo hicieron, además, como represalia por haber informado de sus derechos a otros pasajeros. “Ahora vas a ser tú el que se quita los zapatos, listo”, le espetó el agente de seguridad.
El incidente se produjo cuando el eurodiputado se disponía a pasar el control de seguridad de la terminal A el pasado 28 de diciembre y observó que los viajeros se sacaban sistemáticamente el calzado, incluso el deportivo, antes de pasar por el arco metálico, bajo la atenta mirada de un vigilante de seguridad. Guardans, que a través de EL PERIÓDICO ya advirtió meses atrás de que ninguna norma obliga a descalzarse si antes no ha saltado la alarma, se sintió en la obligación de intervenir.

CHOQUE CON EL AGENTE
“Indiqué a los pasajeros que tenía delante que podían pasar calzados si no llevaban metal en los zapatos y así lo hicieron. Se fueron sin problemas después de recoger sus objetos”, recuerda el denunciante. El problema es aquel vigilante que “estaba tolerando, como mínimo pasivamente, una situación de abuso” se sintió aludido. Cuando le llegó el turno a Guardans creyó llegado el momento de la venganza y le soltó esa frase con la coletilla de “por listo”, tan típica de los que se creen investidos de una autoridad incontestable.
El eurodiputado se negó, argumentado que un simple paso bajo el arco demostraría que era innecesario que se quitara los zapatos. Él, que por razones obvias vuela con mucha frecuencia, sabe si algún componente de su calzado es metálico. Pero el vigilante insistió. Tras identificarse verbalmente como diputado europeo –su documentación ya estaba al otro lado del control–, Guardans exigió entonces la presencia del guardia civil responsable, pero éste, una vez escuchados todos los detalles de lo sucedido, decidió respaldar a su colega.

“VISIBLEMENTE ALTERADO”
Guardans optó entonces por obedecer, pero una vez pasado el control pidió al vigilante que se identificara, a lo que este, “visiblemente alterado”, se negó. En aquel momento, dos compañeros se lo llevaron del puesto del control mientras otro de ellos indicaba al resto de agentes, según Guardans: “Aquí, a callarse y sin hacer comentarios, que aquí parece que hay uno que conoce sus derechos”.
La denuncia, interpuesta por Guardans en la comisaría de los Mossos d’Esquadra del aeropuerto de Barcelona, acusa a los dos guardias de vulnerar varios artículos del Código Penal por abusos y vejaciones, así como de la ley de seguridad privada en el caso del vigilante por no facilitar su identificación y de la ley del régimen disciplinario de la Guardia Civil, en el caso del agente, por no hacer cumplir la ley.

“COMO EN LA DISCOTECA”
No es la primera vez que Guardans topa con actitudes como las que se encontró en el aeropuerto de El Prat. La indefinición de la normativa comunitaria y el carácter secreto de algunos de sus apartados dan pie, en su opinión, a que los aeropuertos se estén convirtiendo cada vez más “en un reducto donde algunos uniformados pueden actuar de forma arbitraria y sin ningún control”. Pero él cree que “la seguridad no puede ser la excusa para tolerar en un aeropuerto abusos y actitudes más propios de la puerta de una discoteca privada”, argumentó.
Guardans tiene claro que, salvo en Gran Bretaña y Estados Unidos, los pasajeros no están obligados a descalzarse antes de pasar el arco de seguridad y así piensa seguir actuando. Informando a los viajeros de sus derechos y presentando nuevas denuncias si no hay más remedio.

   Por cierto, existen unas máquinas que analizan los zapatos sin necesidad de descalzarse y que por supuesto en los países verdaderamente democráticos y civilizados han instalado desde antes de 2008… cómo siempre, en España deberemos esperar para que instalen estas máquinas. Mientras, todos a cruzar los dedos, nada más que eso y rezar nos queda para evitar que, por ejemplo, mi madre o la suya o nuestros hijos no sean humillados por el simple motivo de verse en la necesidad de tener que coger un avión.

    A nuestro correo electrónico, bitacoracalcines@yahoo.es, nos llega, procedente de la ciudad norteamericana de Tampa en Florida, un e-mail  con un enlace a youtube de un vídeo denominado «Cincuenta años de revolución cubana». El correo nos lo envía nuestro amigo E. C. (omitimos el nombre para evitarle cualquier tipo de incidencia de carácter negativo [nunca se sabe]), cubano y residente en Florida, pero con raíces en el norte de la isla de Gran Canaria y a quien mandamos un afectuoso abrazo. Me proponía, este lejano pariente, que difundiera el vídeo en la medida de mis posibilidades, así  que aprovechamos la ocasión para continuar con la línea comenzada hace unos días: contar las cosas como son. Por ello, haciendo uso del derecho de expresión que nos concede la Constitución Española, hacemos eco de la invitación de nuestro amigo de Florida y le proponemos ver un interesante documento. Por cierto, el documental, pese a poder disfrutar de él a través de Youtube, como podrán apreciar, fue emitido en España por la televisión autonómica de Madrid. 

   Tal vez por el corte para publicidad o quizás, por aquello de que pesaba mucho el archivo, el documento viene dividido en dos, por tanto, si les ha parecido interesante, les invito a ver la segunda parte de una realidad que sin ser igual, recuerda bastante a lo vivido aquí no hace tanto: un régimen político que se puede denominar de muchas formas, pero especialmente con la miseria y el hambre, la pérdida de derechos y libertades individuales y el miedo como mejor arma política, todo ello como caracterísitca común.

  Ojalá que todo esto acabe pronto y al igual que pasó aquí en España, por poner un ejemplo, todo cambie positivamente para este entrañable pueblo. Mientras, nosotros podemos seguir disfrutando de nuestra libertad de expresión,  de la abundancia de alimentos, de los medicamentos… o sencillamente, del placer de darle al botón de la xbox-360 sin preocuparnos por lo que vamos a comer mañana…. Y es qué…  ¿Se imagina Vd. vivir sin todas, o incluso sólo  sin algunas de estas cosas?  Pues eso, eso es lo que le ocurre a los cubanos.

    Decía Manuel Campo Vidal, en una conferencia para la UOC (Universitat Oberta de Catalunya), allá por el año 2002 : «la desigualdad en el mundo ha aumentado de forma tan espectacular en los últimos once años que en la reunión celebrada en Bruselas en mayo del 2001, cuando se celebró la tercera cumbre mundial de los países más pobres, el número de países que por sus estándares económicos tenían derecho al triste título de “país más pobre de la Tierra” era de cuarenta y nueve, mientras que once años atrás era de veinticinco (…) De todos los acuerdos que se tomaron entonces nadie los ha cumplido, excepto cinco países que han ayudado con el 0,2% de su producto interior bruto a los países más pobres. No con el 0,7 que se reclama, no: con el 0,2, y solamente cinco países. En honor a ellos, citémoslos: Suecia, Luxemburgo, Holanda, Dinamarca y Noruega. Son los únicos que han cumplido con aquél compromiso. Y es evidente que la desigualdad va en aumento. Va en aumento, y cuando estamos hablando de países más pobres estamos diciendo países donde, como indicador fundamental, la renta media anual es inferior a 170.000 pesetas, no dólares. Y por supuesto tienen una economía vulnerable y unos bajos indicadores en educación, en sanidad, etcétera».

   Hoy en día, varios años después, las cosas no sólo no han mejorado si no que han empeorado. Sin embargo, nosotros, desde nuestra situación de ciudadanos del primer mundo, no sólo somos insensibles, sino que además, adoptamos en innumerables ocasiones una aptitud intolerante hacia los inmigrantes. Por ello, continuando con mi propósito de llamar a las cosas por su nombre, les invito a ver este vídeo conseguido en Sant-Youtube.

  Y es que creo que ya es hora de darnos cuenta de que son ellos, los inmigrantes, los que mueren, pero somos nosotros, nuestra sociedad, la que huele a podrida.

   En estos tiempos de crisis me apetece acodarme, por encima de todo, de ellos: los que deambulan por las calles ante las miradas de desprecio. Es fuerte, tal vez, la manera en que lo digo, pero decir lo que siento sin pensar lo que digo es saludable. Así que con la sinceridad por bandera –me  apetece llamar hoy a las cosas por su nombre– dedico unos minutos a llamar la atención sobre uno de los sectores más desafortunados de esta sociedad que hemos creado: los inmigrantes (ilegales o no). 

   Tal vez, con el pretexto de que estamos en tiempos de fraternidad, mañana u hoy,  cuando paseemos por el Retiro madrileño, Plaça Universitat en Barcelona o Santa Catalina en Las Palmas de Gran Canaria y nos crucemos con un inmigrante, seamos capaces de cambiar nuestra actitud hacia ellos. Quizás mañana, al cruzarnos con un no nativo español seamos capaces de no odiarles, no culparles por estar aquí, no asociarle inmediatamente a la idea de una persona inculta, no creer que vienen a quitarnos nuestros puestos de trabajo, ni culparles de abaratar la mano de obra, no creer que todos son delincuentes, no identificarles con personas poco pulcras… Aunque pensándolo bien, sería incluso mejor que no pensáramos que nosotros somos mejores por el simple hecho de haber nacido español, por ser de piel blanca, por poseer un título universitario, por tener un piso en la Gran Vía y un coche en el garaje… Por qué no es verdad que por ello seamos mejores, las cosas no son tan sencillas. 

   Sin embargo, yo no espero que hagan todo esto, pero me voy a permitir invitarles a hacerse una pregunta: mañana, al cruzar junto a un inmigrante, pregúntese por qué están aquí. Por qué abandonan su país, su familia… para venir a España a intentar sobrevivir en una sociedad que en múltiples ocasiones les es hostil. Póngase en su piel, antes de juzgarle, de etiquetarlo, de discriminarlo ¡póngase en su piel!

  Si se anima,  ya de paso, si quiere hacer un doble esfuerzo, podría preguntarse que hace usted para evitar esa situación. Pero bueno…. déjelo, no se angustie, disfrute de lo que queda de Navidad y no se ahíte con el turrón. Total, no merece la pena molestarse por tan poca cosa: el mundo es así.

¡Feliz año nuevo, y prósperos reyes a todo los que no pueden disfrutar  la Navidad que se merecen! Aunque sería más fructífero desearles suerte… Lástima que no baste con la suerte.

   ¡Ahul!  Posiblemente ya conocerán Vds. esta noticia. Sin embargo, en mi caso, al menos, la impresión fue tanta al ver esta vídeo –en un informativo nacional, por cierto– que creo que muchos seres humanos deberíamos tomar nota y coger ejemplo. 

   Debo añadir  a la información de este vídeo, para completarla aún más, un dato que si ofrecieron en el informativo de televisión: el perro, es decir Canino, prestó, durante su heroico acto, gran atención a los coches para evitar con ello ser arrollado por los vehículos. El animal no actuó a modo de «kamikaze». Canino calculó la proximidad y velocidad de los vehículos. Evitó que los coches le atropellaran, tanto a él como a su maltrecho compañero, evitando los vehículos tal y como Vd. o yo lo hubiéramos hecho. Además, lo hizo al entrar en la vía y de nuevo al salir arrastrando a su compañero: los cortes de cámara en el montaje y edición de este vídeo se corresponden con los momentos en que Canino se detiene a esperar que pasen los coches y aguardar el instante de cruzar.

   Lo dicho, en estos tiempos en los que un joven, educado con los mismos valores que Vd. y yo, es capaz de matar a otro chaval sin motivo alguno y alejarse de la escena del crimen con toda tranquilidad, ver escenas como la protagonizada por estos dos animales no es que obliguen a una reflexión, es que hacen sentir pena y vergüenza de la sociedad que hemos creado. 

   Como podemos apreciar, el vídeo muestra una actitud –la del animal– admirable y que contrasta fuertemente con decenas o cientos de actitudes despreciables –la de los conductores. ¿Cuántos conductores se bajaron del coche? ¿Cuántos detuvieron su vehículo? ¿Cuántos tan siquiera disminuyeron la velocidad? estas preguntas obligan, sin duda, a cuestionarnos ¿quién se mostró más humano, más inteligente, más solidario…? y por supuesto ¿en qué tipo de sociedad vivimos? 

   Por cierto, con su permiso se lo dedico a mi amigo Alfredo… Mi amigo y yo en muchas ocasiones hemos discutido si los animales tienen o no sentimientos, capacidad de raciocinio… O si como opina «my friend» sólo actúan por puro instinto.

  Para acabar, sólo decir que la sociedad cambiará (en solidaridad, calidad humana…) sólo y únicamente en la medida que lo haga cada uno de los individuos que la constituyen.

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