Domingo 4 de Enero de 2009


    Decía Manuel Campo Vidal, en una conferencia para la UOC (Universitat Oberta de Catalunya), allá por el año 2002 : «la desigualdad en el mundo ha aumentado de forma tan espectacular en los últimos once años que en la reunión celebrada en Bruselas en mayo del 2001, cuando se celebró la tercera cumbre mundial de los países más pobres, el número de países que por sus estándares económicos tenían derecho al triste título de “país más pobre de la Tierra” era de cuarenta y nueve, mientras que once años atrás era de veinticinco (…) De todos los acuerdos que se tomaron entonces nadie los ha cumplido, excepto cinco países que han ayudado con el 0,2% de su producto interior bruto a los países más pobres. No con el 0,7 que se reclama, no: con el 0,2, y solamente cinco países. En honor a ellos, citémoslos: Suecia, Luxemburgo, Holanda, Dinamarca y Noruega. Son los únicos que han cumplido con aquél compromiso. Y es evidente que la desigualdad va en aumento. Va en aumento, y cuando estamos hablando de países más pobres estamos diciendo países donde, como indicador fundamental, la renta media anual es inferior a 170.000 pesetas, no dólares. Y por supuesto tienen una economía vulnerable y unos bajos indicadores en educación, en sanidad, etcétera».

   Hoy en día, varios años después, las cosas no sólo no han mejorado si no que han empeorado. Sin embargo, nosotros, desde nuestra situación de ciudadanos del primer mundo, no sólo somos insensibles, sino que además, adoptamos en innumerables ocasiones una aptitud intolerante hacia los inmigrantes. Por ello, continuando con mi propósito de llamar a las cosas por su nombre, les invito a ver este vídeo conseguido en Sant-Youtube.

  Y es que creo que ya es hora de darnos cuenta de que son ellos, los inmigrantes, los que mueren, pero somos nosotros, nuestra sociedad, la que huele a podrida.

   En estos tiempos de crisis me apetece acodarme, por encima de todo, de ellos: los que deambulan por las calles ante las miradas de desprecio. Es fuerte, tal vez, la manera en que lo digo, pero decir lo que siento sin pensar lo que digo es saludable. Así que con la sinceridad por bandera –me  apetece llamar hoy a las cosas por su nombre– dedico unos minutos a llamar la atención sobre uno de los sectores más desafortunados de esta sociedad que hemos creado: los inmigrantes (ilegales o no). 

   Tal vez, con el pretexto de que estamos en tiempos de fraternidad, mañana u hoy,  cuando paseemos por el Retiro madrileño, Plaça Universitat en Barcelona o Santa Catalina en Las Palmas de Gran Canaria y nos crucemos con un inmigrante, seamos capaces de cambiar nuestra actitud hacia ellos. Quizás mañana, al cruzarnos con un no nativo español seamos capaces de no odiarles, no culparles por estar aquí, no asociarle inmediatamente a la idea de una persona inculta, no creer que vienen a quitarnos nuestros puestos de trabajo, ni culparles de abaratar la mano de obra, no creer que todos son delincuentes, no identificarles con personas poco pulcras… Aunque pensándolo bien, sería incluso mejor que no pensáramos que nosotros somos mejores por el simple hecho de haber nacido español, por ser de piel blanca, por poseer un título universitario, por tener un piso en la Gran Vía y un coche en el garaje… Por qué no es verdad que por ello seamos mejores, las cosas no son tan sencillas. 

   Sin embargo, yo no espero que hagan todo esto, pero me voy a permitir invitarles a hacerse una pregunta: mañana, al cruzar junto a un inmigrante, pregúntese por qué están aquí. Por qué abandonan su país, su familia… para venir a España a intentar sobrevivir en una sociedad que en múltiples ocasiones les es hostil. Póngase en su piel, antes de juzgarle, de etiquetarlo, de discriminarlo ¡póngase en su piel!

  Si se anima,  ya de paso, si quiere hacer un doble esfuerzo, podría preguntarse que hace usted para evitar esa situación. Pero bueno…. déjelo, no se angustie, disfrute de lo que queda de Navidad y no se ahíte con el turrón. Total, no merece la pena molestarse por tan poca cosa: el mundo es así.

¡Feliz año nuevo, y prósperos reyes a todo los que no pueden disfrutar  la Navidad que se merecen! Aunque sería más fructífero desearles suerte… Lástima que no baste con la suerte.

   ¡Ahul!  Posiblemente ya conocerán Vds. esta noticia. Sin embargo, en mi caso, al menos, la impresión fue tanta al ver esta vídeo –en un informativo nacional, por cierto– que creo que muchos seres humanos deberíamos tomar nota y coger ejemplo. 

   Debo añadir  a la información de este vídeo, para completarla aún más, un dato que si ofrecieron en el informativo de televisión: el perro, es decir Canino, prestó, durante su heroico acto, gran atención a los coches para evitar con ello ser arrollado por los vehículos. El animal no actuó a modo de «kamikaze». Canino calculó la proximidad y velocidad de los vehículos. Evitó que los coches le atropellaran, tanto a él como a su maltrecho compañero, evitando los vehículos tal y como Vd. o yo lo hubiéramos hecho. Además, lo hizo al entrar en la vía y de nuevo al salir arrastrando a su compañero: los cortes de cámara en el montaje y edición de este vídeo se corresponden con los momentos en que Canino se detiene a esperar que pasen los coches y aguardar el instante de cruzar.

   Lo dicho, en estos tiempos en los que un joven, educado con los mismos valores que Vd. y yo, es capaz de matar a otro chaval sin motivo alguno y alejarse de la escena del crimen con toda tranquilidad, ver escenas como la protagonizada por estos dos animales no es que obliguen a una reflexión, es que hacen sentir pena y vergüenza de la sociedad que hemos creado. 

   Como podemos apreciar, el vídeo muestra una actitud –la del animal– admirable y que contrasta fuertemente con decenas o cientos de actitudes despreciables –la de los conductores. ¿Cuántos conductores se bajaron del coche? ¿Cuántos detuvieron su vehículo? ¿Cuántos tan siquiera disminuyeron la velocidad? estas preguntas obligan, sin duda, a cuestionarnos ¿quién se mostró más humano, más inteligente, más solidario…? y por supuesto ¿en qué tipo de sociedad vivimos? 

   Por cierto, con su permiso se lo dedico a mi amigo Alfredo… Mi amigo y yo en muchas ocasiones hemos discutido si los animales tienen o no sentimientos, capacidad de raciocinio… O si como opina «my friend» sólo actúan por puro instinto.

  Para acabar, sólo decir que la sociedad cambiará (en solidaridad, calidad humana…) sólo y únicamente en la medida que lo haga cada uno de los individuos que la constituyen.