En estos tiempos de crisis me apetece acodarme, por encima de todo, de ellos: los que deambulan por las calles ante las miradas de desprecio. Es fuerte, tal vez, la manera en que lo digo, pero decir lo que siento sin pensar lo que digo es saludable. Así que con la sinceridad por bandera –me  apetece llamar hoy a las cosas por su nombre– dedico unos minutos a llamar la atención sobre uno de los sectores más desafortunados de esta sociedad que hemos creado: los inmigrantes (ilegales o no). 

   Tal vez, con el pretexto de que estamos en tiempos de fraternidad, mañana u hoy,  cuando paseemos por el Retiro madrileño, Plaça Universitat en Barcelona o Santa Catalina en Las Palmas de Gran Canaria y nos crucemos con un inmigrante, seamos capaces de cambiar nuestra actitud hacia ellos. Quizás mañana, al cruzarnos con un no nativo español seamos capaces de no odiarles, no culparles por estar aquí, no asociarle inmediatamente a la idea de una persona inculta, no creer que vienen a quitarnos nuestros puestos de trabajo, ni culparles de abaratar la mano de obra, no creer que todos son delincuentes, no identificarles con personas poco pulcras… Aunque pensándolo bien, sería incluso mejor que no pensáramos que nosotros somos mejores por el simple hecho de haber nacido español, por ser de piel blanca, por poseer un título universitario, por tener un piso en la Gran Vía y un coche en el garaje… Por qué no es verdad que por ello seamos mejores, las cosas no son tan sencillas. 

   Sin embargo, yo no espero que hagan todo esto, pero me voy a permitir invitarles a hacerse una pregunta: mañana, al cruzar junto a un inmigrante, pregúntese por qué están aquí. Por qué abandonan su país, su familia… para venir a España a intentar sobrevivir en una sociedad que en múltiples ocasiones les es hostil. Póngase en su piel, antes de juzgarle, de etiquetarlo, de discriminarlo ¡póngase en su piel!

  Si se anima,  ya de paso, si quiere hacer un doble esfuerzo, podría preguntarse que hace usted para evitar esa situación. Pero bueno…. déjelo, no se angustie, disfrute de lo que queda de Navidad y no se ahíte con el turrón. Total, no merece la pena molestarse por tan poca cosa: el mundo es así.

¡Feliz año nuevo, y prósperos reyes a todo los que no pueden disfrutar  la Navidad que se merecen! Aunque sería más fructífero desearles suerte… Lástima que no baste con la suerte.